—Disculpe por despertarle tan
temprano, señor Bielefeld, pero tiene que venir enseguida.
El comisario se apretó las sienes
con la mano izquierda y recorrió las profundas arrugas de su frente, intentando
reaccionar. Una llamada de Presti sólo podía significar problemas graves. Recibía
el eufemístico tratamiento oficial de nuncio apostolico con incarichi speciali.
Pero todo el mundo lo conocía como «el espía del Papa». El jefe de la policía
secreta del Vaticano.
—¿Qué sucede? —acertó a articular.
—Escuche.
Apretó el teléfono contra el
pabellón de la oreja, intentando discernir aquellos sonidos que le llegaban en
oleadas de interferencias. Y tan escalofriantes que parecían proceder de una terrible
agonía.
—¡Dios mío! ¿Desde dónde me llama,
monseñor?
—Desde la Plaza Mayor.
—¿Qué es lo que está pasando? ¿De
dónde salen esos ruidos?
—De la propia plaza.
—Está bien —aceptó resignado—. Voy
para allá.
—Espere un momento. Necesito que me
haga un favor. Pase antes por el convento de los Milagros y recoja a Sara
Toledano. No venga sin ella.
Así que ése era el verdadero objeto
de la llamada. Más problemas. El arzobispo interpretó su silencio como una
reticencia. Y añadió con aquel deje de violencia contenida, tan suyo:
—¿Pero es que no se da cuenta,
comisario? Está sucediendo exactamente lo que Sara predijo, lo que anda
investigando en ese proceso inquisitorial del archivo del convento. ¿Cómo se
llama ese individuo del siglo xvi…?
—Raimundo Randa… De acuerdo. Pasaré
por el convento, la recogeré, y nos reuniremos con usted en la Plaza Mayor.
—No tarden.
El comisario John Bielefeld miró el
reloj mientras trataba de espabilarse. Eran las cinco y media de la madrugada. Le
bastó una breve ducha para reconciliarse con su corpulenta envergadura. A
medida que se aproximaba al espejo y se despejaba el vaho, éste le devolvió su
rostro de rotundos trazos, nariz aplastada de boxeador, la piel curtida y
terrosa, los azules ojos mal dormidos al fondo de unas amplias bolsas. Suspiró,
preguntándose qué hacía él tan lejos de casa y tan cerca de un nuevo embrollo. Recogió
sus acreditaciones y salió al pasillo. Mientras esperaba el ascensor se lo
pensó mejor, regresó a la habitación, abrió el armario y pulsó la combinación
de la pequeña caja fuerte. Apartó los tres sobres numerados que había en su
interior, con el nombre de cada destinatario escrito con la picuda e
inconfundible letra de Sara Toledano. Y cogió la pistola.
«Tal como vienen las cosas —pensó—,
más vale andarse con cuidado».
Cuando salió al vestíbulo del hotel,
todo parecía tranquilo. Apretó el paso para no dar explicaciones al agente
español que servía de enlace con la delegación americana. Una vez en el patio,
rechazó también el concurso del chófer de guardia, que esperaba con un
reluciente Mercedes negro. Le pidió las llaves y se dispuso a conducirlo él
mismo.
Extraído del libro: "La Llave Maestra"
Autor: Agustín Sánchez Vidal


