PISTAS Y BARRO

El discurrir de la marcha se hace ameno cuando en el recorrido nos encontramos paisajes inolvidables. Caminos infinitos con trazados preciosos en donde el tiempo se detiene y el avance sobre ellos se convierte en la mejor de las carreras.

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domingo, 28 de enero de 2018

Cuando estaba a su lado olvidaba el horror de la cruzada, su preocupación por el futuro. En ella era un hombre mejor.

...Muchas horas después, en algún momento entre maitines y prima, se levantó el viento. Pasó por la colina del castillo, acarició en su camino hacia el norte los abedules que orlaban en el Mosela y rizó el agua del río.

...se levantó el viento. Pasó por la colina del castillo, acarició en su camino 
hacia el norte los abedules que orlaban en el Mosela y rizó el agua del río...

Cuando alcanzó la picota y el mercado de ganado de Varennes, ganó fuerza, de tal modo que poco después ululaba sigiloso por los callejones y hacia revolverse la basura. De un alféizar del muro de la Torre del Hambre se desprendió un chuzo de hielo, tan largo como un brazo, el último que aún pendia allí, y se estrelló muchos codos mas abajo en el suelo de barro sin ser advertido por los habitantes del barrio, que dormían bajo gruesas mantas de lana y soñaban con la cercana primavera. La oscuridad era casi total. Solo en una ventana palpitaba una luz.
Jean había encendido una vela y contemplaba el rostro de Adéle. Estaba tendida junto a él, su cabeza descansaba en el brazo doblado debajo de ella, la manta había resbalado hasta el trasero y el resplandor de la luz corría sobre la espalda desnuda. Su cabello se enroscaba en remolinos sobre la almohada, un mechón se apoyaba en sus labios y temblaba con cada respiración; su rostro era un paisaje perfecto de sombras y piel suave.
En la casa reinaba el silencio. Hacía mucho que los invitados a la boda se habían ido o yacían totalmente borrachos en la sala y el zaguán. Jean se quedó inmóvil y estudió pulgada a pulgada el cuerpo de Adéle. No podía explicarse lo que sentía por ella...Sus sentimientos le abrumaban cada día que pasaba.
"Es como yo".
Cuando estaba a su lado olvidaba el horror de la cruzada, su preocupación por el futuro. En ella era un hombre mejor.
Cuidadoso, le subió la manta hasta los hombros porque hacía frío en la habitación. Sacó el nazar del arcón que había junto al lecho y lo hizo girar en la mano, de tal modo que atrapó la luz de la vela y brilló como un rubí. Con mucho tiento, metió el amuleto bajo la almohada de ella.
"Protégela, cada día y cada noche"
Apagó la vela y se tumbó junto a Adéle...

Cuando estaba a su lado olvidaba el horror de la cruzada,
su preocupación por el futuro
...Aristide tragó saliva con esfuerzo. ¿Cómo, por todos los espíritus de la antesala del infierno y los demonios cornudos del purgatorio, sabía Ferry de Velín?
- Eso son mentiras - logró decir -. Acusaciones sin fundamento. No creáis ni una sola palabra.
- Tengo pruebas.
Yolande estaba rígida. Luego, en un instante, su rostro se transformó en una mueca de odio.
- ¡Cerdo! - gritó, y se lanzó sobre él, le pegó, le abofeteo, le araño las mejillas -. ¡Perro repugnante, fementido, impío! ¡Ojalá revientes y te ahogues con tu propia depravación!
Él le sujetó las manos. Ella le escupió en la cara, le dio una patada en la espinilla y se soltó.

¡Perro repugnante, fementido, impío!
¡Ojalá revientes y te ahogues con tu propia depravación!



Extraído del libro: "La sal de la tierra"

Escrito por Daniel Wolf


domingo, 22 de noviembre de 2015

Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana. Habíase suicidado.


Viendo la desenvoltura y la seguridad en que vivían aquellas gentes, comprendí que aquel estrecho parecido de los sexos era, después de todo, lo que podía esperarse; pues la fuerza de un hombre y la delicadeza de una mujer, la institución de la familia y la diferenciación de ocupaciones son simples necesidades militantes de una edad de fuerza física. Allí donde la población es equilibrada y abundante, muchos nacimientos llegan a ser un mal más que un beneficio para el Estado; allí donde la violencia es rara y la prole es segura, hay menos necesidad -realmente no existe la necesidad- de una familia eficaz, y la especialización de los sexos con referencia a las necesidades de sus hijos desaparece. Vemos algunos indicios de esto hasta en nuestro propio tiempo, y en esa edad futura era un hecho consumado. Esto, debo recordárselo a ustedes, era una conjetura que hacia yo en aquel momento. Después, iba a poder apreciar cuán lejos estaba de la realidad.
Mientras meditaba sobre estas cosas, atrajo mi atención una linda y pequeña construcción, parecida a un pozo bajo una cúpula. Pensé de modo pasajero en la singularidad de que existiese aún un pozo, y luego reanudé el hilo de mis teorías. No había grandes edificios hasta la cumbre de la colina, Y como mis facultades motrices eran evidentemente milagrosas, pronto me encontré solo por primera vez. Con una extraña sensación de libertad y de aventura avancé hacia la cumbre.

Con una extraña sensación de libertad
y de aventura avancé hacia la cumbre

Pero con semejante cambio de condición vienen las inevitables adaptaciones a dicho cambio. A menos que la ciencia biológica sea un montón de errores, ¿cuál es la causa de la inteligencia y del vigor humanos? Las penalidades y la libertad: condiciones bajo las cuales el ser activo, fuerte y apto, sobrevive, y el débil sucumbe; condiciones que recompensan la alianza leal de los hombres capaces basadas en la autocontención, la paciencia y la decisión. Y la institución de la familia y las emociones que entraña, los celos feroces, la ternura por los hijos, la abnegación de los padres, todo ello encuentra su justificación y su apoyo en los peligros inminentes que amenazan a los jóvenes. Ahora, ¿dónde están esos peligros inminentes? Se origina aquí un sentimiento que crecerá contra los celos conyugales, contra la maternidad feroz, contra toda clase de pasiones; cosas inútiles ahora, cosas que nos hacen sentirnos molestos, supervivientes salvajes y discordantes en una vida refinada y grata.

Pensé en la pequeñez física de la gente, en su falta de inteligencia, en aquellas enormes y profundas ruinas; y esto fortaleció mi creencia en una conquista perfecta de la Naturaleza. Porque después de la batalla viene la calma. La Humanidad había sido fuerte, enérgica e inteligente, y había utilizado su abundante vitalidad para modificar las condiciones bajo las cuales vivía. Y ahora llegaba la reacción de aquellas condiciones cambiadas.

Bajo las nuevas condiciones de bienestar y de seguridad perfectos, esa bulliciosa energía, que es nuestra fuerza, llegaría a ser debilidad. Hasta en nuestro tiempo ciertas inclinaciones y deseos, en otro tiempo necesarios para sobrevivir, son un constante origen de fracaso. La valentía física y el amor al combate, por ejemplo, no representan una gran ayuda -pueden incluso ser obstáculos- para el hombre civilizado. Y en un estado de equilibrio físico y de seguridad, la potencia, tanto intelectual como física, estaría fuera de lugar.

Pensé que durante incontables años no había habido peligro alguno de guerra o de violencia aislada, ningún peligro de fieras, ninguna enfermedad agotadora que haya requerido una constitución vigorosa, ni necesitado un trabajo asiduo. Para una vida tal, los que llamaríamos débiles se hallan tan bien pertrechados como los fuertes, no son realmente débiles. Mejor pertrechados en realidad, pues los fuertes estarían gastados por una energía para la cual no hay salida. Era indudable que la exquisita belleza de los edificios que yo veía era el resultado de las últimas agitaciones de la energía ahora sin fin determinado de la Humanidad, antes de haberse asentado en la perfecta armonía con las condiciones bajo las cuales vivía: el florecimiento de ese triunfo que fue el comienzo de la última gran paz. Esta ha sido siempre la suerte de la energía en seguridad; se consagra al arte y al erotismo, y luego vienen la languidez y la decadencia.

Hasta ese impulso artístico deberá desaparecer al final -había desaparecido casi en el Tiempo que yo veía -. Adornarse ellos mismos con flores, danzar, cantar al sol; esto era lo que quedaba del espíritu artístico y nada más. Aun eso desaparecería al final, dando lugar a una satisfecha inactividad. Somos afilados sin cesar sobre la muela del dolor y de la necesidad, y, según me parecía, ¡he aquí que aquella odiosa muela se rompía al fin!
Permanecí allí en las condensadas tinieblas pensando que con aquella simple explicación había yo dominado el problema del mundo, dominando el secreto entero de aquel delicioso pueblo. Tal vez los obstáculos por ellos ideados para detener el aumento de población habían tenido demasiado buen éxito, y su número, en lugar de permanecer estacionario, había más bien disminuido. Esto hubiese explicado aquellas ruinas abandonadas. Era muy sencilla mi explicación y bastante plausible, ¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas!

Esto hubiese explicado aquellas ruinas abandonadas.
Era muy sencilla mi explicación y bastante plausible,
¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas!

Alrededor de las ocho o las nueve de la mañana llegué al mismo asiento de metal amarillo desde el cual había contemplado el mundo la noche de mi llegada. Pensé en las conclusiones precipitadas que hice aquella noche, y no pude dejar de reírme amargamente de mi presunción. Allí había aún el mismo bello paisaje, el mismo abundante follaje; los mismos espléndidos palacios y magníficas ruinas, el mismo río plateado corriendo entre sus fértiles orillas. Los alegres vestidos de aquellos delicados seres se movían de aquí para allí entre los árboles. Algunos se bañaban en el sitio preciso en que había yo salvado a Weena, y esto me asestó de repente una aguda puñalada de dolor. Como manchas sobre el paisaje se elevaban las cúpulas por encima de los caminos hacia el Mundo Subterráneo. Sabía ahora lo que ocultaba toda la belleza del Mundo Superior. Sus días eran muy agradables, como lo son los días que pasa el ganado en el campo. Como el ganado, ellos ignoraban que tuviesen enemigos, y no prevenían sus necesidades. Y su fin era el mismo.

Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la Inteligencia humana. Habíase suicidado. Se había puesto con firmeza en busca de la comodidad y el bienestar de una Sociedad equilibrada con seguridad y estabilidad, como lema; había realizado sus esperanzas, para llegar a esto al Final. Alguna vez, la vida y la propiedad debieron alcanzar una casi absoluta seguridad. Al rico le habían garantizado su riqueza y su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había existido ningún problema de desempleo, ninguna cuestión social dejada sin resolver. Y esto había sido seguido de una gran calma.

Una ley natural que olvidamos es que la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y la inquietud. Un animal en perfecta armonía con su medio ambiente es un perfecto mecanismo. La naturaleza no hace nunca un llamamiento a la inteligencia, como el hábito y el instinto no sean inútiles. No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio. Sólo los animales que cuentan con inteligencia tienen que hacer frente a una enorme variedad de necesidades y de peligros.

Así pues, como podía ver, el hombre del Mundo Superior había derivado hacia su blanda belleza, y el del Mundo Subterráneo hacia la simple industria mecánica. Pero aquel perfecto estado carecía aún de una cosa para alcanzar la perfección mecánica: la estabilidad absoluta. Evidentemente, a medida que transcurría el tiempo, la subsistencia del Mundo Subterráneo, como quiera que se efectuase, se había alterado. La Madre Necesidad, que había sido rechazada durante algunos milenios, volvió otra vez y comenzó de nuevo su obra, abajo. El Mundo Subterráneo, al estar en contacto con una maquinaria que, aun siendo perfecta, necesitaba sin embargo un poco de pensamiento además del hábito, había probablemente conservado, por fuerza, bastante más iniciativa, pero menos carácter humano que el Superior. Y cuando les faltó un tipo de carne, acudieron a lo que una antigua costumbre les había prohibido hasta entonces. De esta manera vi en mi última mirada el mundo del año 802.701. Esta es tal vez la explicación más errónea que puede inventar un mortal. Esta es, sin embargo, la forma que tomó para mí la cosa y así se la ofrezco a ustedes.

Después de las fatigas, las excitaciones y los terrores de los pasados días, y pese a mi dolor, aquel asiento, la tranquila vista y el calor del sol eran muy agradables. Estaba muy cansado y soñoliento y pronto mis especulaciones se convirtieron en sopor. Comprendiéndolo así, acepté mi propia sugerencia y tendiéndome sobre el césped gocé de un sueño vivificador. Me desperté un poco antes de ponerse el sol. Me sentía ahora a salvo de ser sorprendido por los Morlocks y, desperezándome, bajé por la colina hacia la Esfinge Blanca. Llevaba mi palanca en una mano, y la otra jugaba con las cerillas en mi bolsillo.

Me sentía ahora a salvo de ser sorprendido por los Morlocks y,
desperezándome, bajé por la colina hacia la Esfinge Blanca.

Y ahora viene lo más inesperado. Al acercarme al pedestal de la esfinge, encontré las hojas de bronce abiertas. Habían resbalado hacia abajo sobre unas ranuras. Ante esto me detuve en seco vacilando en entrar.

Al acercarme al pedestal de la esfinge, encontré las hojas de bronce abiertas. 

No puede uno escoger, sino hacerse preguntas. ¿Regresará alguna vez? Puede que se haya deslizado en el pasado y caído entre los salvajes y cabelludos bebedores de sangre de la Edad de Piedra sin pulimentar; en los abismos del mar cretáceo; o entre los grotescos saurios, los inmensos animales reptadores de la época jurásica. Puede estar ahora -si me permite emplear la frase vagando sobre algún arrecife de coral Oolitico (1)-, frecuentado por los plesiosaurios, o cerca de los solitarios lagos salinos de la Edad Triásica. ¿O marchó hacia el futuro, hacia las edades próximas, en las cuales los hombres son hombres todavía, pero en las que los enigmas de nuestro tiempo están aclarados y sus problemas fastidiosos resueltos? Hacia la virilidad de la raza: pues yo, por mi parte, no puedo creer que esos días recientes de tímida experimentación de teorías incompletas y de discordias mutuas sean realmente la época culminante del hombre. Digo, por mi propia parte. El, lo sé -porque la cuestión había sido discutida entre nosotros mucho antes de ser construida la Máquina del Tiempo-, pensaba, no pensaba alegremente acerca del Progreso de la Humanidad, y veía tan sólo en el creciente acopio de civilización una necia acumulación que debía inevitablemente venirse abajo al final y destrozar a sus artífices. Si esto es así, no nos queda sino vivir como si no lo fuera. Pero, para mí, el porvenir aparece aún oscuro y vacío; es una gran ignorancia, iluminada en algunos sitios casuales por el recuerdo de su relato. Y tengo, para consuelo mío, dos extrañas flores blancas -encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles- para atestiguar que aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre.
(1).- Dícese de la roca que contiene oolitos (cuerpos formados por envolturas minerales de sustancias calcáreas o de óxido de hierro o de silicio).


Y tengo, para consuelo mío, dos extrañas flores blancas



Extraido del libro: "La Máquina del Tiempo"

Escrito por H.G. Wells

viernes, 14 de noviembre de 2014

Llegan y se van, te vuelves y se han ido, como un rayo en el cielo, como un suspiro.

Llegan y se van, te vuelves y se han ido, como un rayo en el cielo, como un suspiro.


A continuación abrí la ventana y salí al tejado de la posada. Desde allí solo tenía que dar un salto para llegar a la panadería del otro lado del callejón.
El creciente de luna que brillaba en el cielo me proporcionaba suficiente luz para ver sin ser visto. Y no es que me preocupara mucho que alguien pudiera verme. Era cerca de medianoche, y las calles estaban tranquilas. Además, es asombroso lo poco que la gente mira hacia arriba.
Auri me esperaba sentada en una ancha chimenea de ladrillo. Llevaba el vestido que yo le había comprado y balanceaba distraídamente los pies descalzos mientras contemplaba las estrellas. Su fino cabello formaba alrededor de su cabeza un haló que se desplazaba con el más leve soplo de brisa.
Pisé con cuidado al centro de una plancha de chapa del tejado. La plancha produjo un sonido hueco bajo mis pies, como un lejano y melodioso tambor. Auri dejó de balancear los pies y se quedó quieta como un conejillo asustado. Entonces me vio y sonrió. La saludé con la mano.
Bajó de un salto de la chimenea y vino corriendo hasta mí, la melena ondeando.
—Hola, Kvothe. —Dio un pasito hacia atrás—. Hueles mal.
Compuse mi mejor sonrisa del día.
—Hola, Auri —dije—. Tú hueles como una muchacha hermosa.
—Sí —coincidió ella, jovial.
Dio unos pasitos hacia un lado, y luego otra vez hacia delante, de puntillas.
—¿Qué me has traído? —me preguntó.
—Y tú, ¿qué me has traído? —repliqué.
Ella sonrió.
—Tengo una manzana que piensa que es una pera — dijo sosteniéndola en alto—. Y un bollo que piensa que es un gato. Y una lechuga que piensa que es una lechuga.
—Entonces es una lechuga inteligente.
—No mucho—dijo ella con una risita delicada—. Si fuera inteligente, ¿por qué iba a pensar que era una lechuga?
—¿Ni siquiera si fuera una lechuga? —pregunté.
—Sobre todo si fuera una lechuga —dijo ella—. Ya es mala pata ser una lechuga. Pero peor aún pensar que se es una lechuga. —Sacudió la cabeza con tristeza, y su cabello siguió su movimiento, como si flotara bajo el agua. Abrí mi hatillo.
—Te he traído patatas, media calabaza y una botella de cerveza que piensa que es una hogaza de pan.
 —¿Qué piensa que es la calabaza? —me preguntó con curiosidad, contemplándola. Tenía las manos cogidas detrás de la espalda.
—Sabe que es una calabaza —dije—. Pero hace ver que es la puesta de sol.
—¿Y las patatas?
—Las patatas duermen —dije—. Y me temo que están frías.
Auri me miró con unos ojos llenos de dulzura.
—No tengas miedo —me dijo; alargó una mano y posó brevemente los dedos sobre mi mejilla, y su caricia fue más ligera que la caricia de una pluma—. Estoy aquí.
Estás a salvo.

Auri me esperaba sentada en una ancha chimenea de ladrillo. Llevaba el vestido que yo le había comprado y balanceaba distraídamente los pies descalzos mientras contemplaba las estrellas. Su fino cabello formaba alrededor de su cabeza un haló que se desplazaba con el más leve soplo de brisa.
Quizá penséis que los peores recuerdos eran los del día que mataron a mi troupe. De cómo volví a nuestro campamento y lo encontré todo en llamas. Las macabras siluetas de los cadáveres de mis padres bajo la débil luz del crepúsculo. El olor a lona chamuscada y a sangre y a pelo quemados. Mis recuerdos de quienes los habían asesinado. De los Chandrian. Del hombre que habló conmigo, sin parar de sonreír. De Ceniza.
Eran malos recuerdos, pero a lo largo de los años los había rescatado y los había examinado tan a menudo que ya apenas me producían dolor. Recordaba el tono y el timbre de la voz de Haliax con la misma claridad con que recordaba los de la voz de mi padre. Podía visualizar sin dificultad el rostro de Ceniza. Aquella sonrisa que mostraba unos dientes perfectos. Su cabello blanco y rizado. Sus ojos, negros como gotas de tinta. Su voz, cargada de frío invernal, diciendo: «Sé de unos padres que han estado cantando unas canciones que no hay que cantar».
Quizá penséis que esos eran los peores recuerdos.
Pero os equivocáis. No. Los peores recuerdos eran los de mis primeros años de vida. El lento balanceo y las sacudidas del carromato, mi padre llevando las riendas sueltas. Sus fuertes manos sobre mis hombros, mostrándome cómo debía colocarme sobre el escenario para que mi cuerpo dijera «orgulloso», o «triste», o «tímido». Sus dedos colocando bien los míos sobre las cuerdas de su laúd.
Mi madre cepillándome el cabello. Sus brazos rodeándome. La perfección con que mi cabeza encajaba en la curva de su cuello. Cómo por la noche me acurrucaba en su regazo junto al fuego, adormilado, feliz y seguro.
Esos eran los peores recuerdos. Preciosos y perfectos. Afilados como un bocado de cristales rotos.
Tumbado en la cama, tensaba todos los músculos de mi cuerpo hasta formar un nudo tembloroso, sin poder dormir, sin poder pensar en otras cosas, sin poder dejar de recordar. Otra vez. Y otra. Y otra.

Quizá penséis que los peores recuerdos eran los del día que mataron a mi troupe.
De cómo volví a nuestro campamento y lo encontré todo en llamas.

La entrada de los Chandrian era la única que no llevaba ilustración, por supuesto. En su lugar solo había una página vacía enmarcada con volutas decorativas. El poema no aportaba absolutamente nada:
De un sitio a otro los Chandrian van,
Pero nunca dejan rastro ni sabes dónde están.
Guardan sus secretos con mucho cuidado,
pero nunca te arañan ni te pegan un bocado.
No montan peleas ni arman jaleos.
De hecho con nosotros son bastante buenos.
Llegan y se van, te vuelves y se han ido,
como un rayo en el cielo, como un suspiro.
Pese a lo irritante que resultaba un texto tan superficial, al menos dejaba algo muy claro: para el resto de la gente, los Chandrian no eran más que cuentos de hadas infantiles. Tan irreales como los engendros o los unicornios.
Yo sabía otra cosa, por supuesto. Los había visto con mis propios ojos. Había hablado con Ceniza, el de los ojos negros. Había visto a Haliax, envuelto en un manto de sombra.

Yo sabía otra cosa, por supuesto. Los había visto con mis propios ojos. Había hablado con Ceniza, el de los ojos negros. Había visto a Haliax, envuelto en un manto de sombra.

»Veamos —prosiguió Sleát frotándose la cara—. Tocas bastante bien el laúd y eres más orgulloso que un gato pateado. Eres descortés, mordaz y no muestras ningún respeto por tus superiores, que dada tu humilde cuna de liante, son prácticamente todos.
Noté que me ponía rojo de ira; el calor abrasador de mi cara se extendió rápidamente por todo mi cuerpo.
—Soy el mejor músico que jamás conocerás o verás desde lejos —dije con una calma forzada—. Y soy Edena Ruh hasta la médula. Lo que significa que mi sangre es roja. Significa que respiro aire puro y camino por donde me llevan los pies. No me arrastro ni me acobardo como un perro ante nadie por el hecho de que tenga un título.
Eso lo interpretan como orgullo quienes se han pasado la vida lamiéndoles el culo a los demás.
Sleat compuso una sonrisa perezosa, y comprendí que había mordido su anzuelo.

Soy el mejor músico que jamás conocerás o verás desde lejos —dije con una calma forzada—. Y soy Edena Ruh hasta la médula

Denna dio un resoplido muy poco delicado.
—Es la pura verdad —dije—. Eres mi penique reluciente en la cuneta. Vales más que la sal o que la luna una larga noche de caminata. Eres un vino dulce en mi boca, una canción en mi garganta, y la risa en mi corazón.
Denna se ruborizó, pero yo continué, imperturbable:
—Eres demasiado buena para mí. Eres un lujo que no puedo permitirme. A pesar de todo, insisto en que hoy vengas conmigo. Te invitaré a cenar y pasaré horas hablando extasiado del inmenso y maravilloso paisaje que eres tú.
Me puse de pie y la ayudé a levantarse.
—Tocaré el laúd para ti. Te cantaré canciones. Durante el resto de la tarde, nada ni nadie podrá molestarnos. —Ladeé la cabeza convirtiéndolo en una pregunta.
Denna curvó los labios.
—Es una buena proposición —dijo—. Me encantaría pasar una tarde alejada de todo.

Eres mi penique reluciente en la cuneta. Vales más que la sal o que la luna una larga noche de caminata. Eres un vino dulce en mi boca, una canción en mi garganta, y la risa en mi corazón.

Vi correr a alguien por el muelle, hacia nosotros: era el hombre de rostro avinagrado que había pasado de largo por el Puente de Piedra cuando estaba allí con Elodin.
Llevaba un fardo bajo un brazo.
—Ese debe de ser el marinero que faltaba —me apresuré a decir—. Será mejor que suba a bordo. —Di un rápido abrazo a Threpe y traté de alejarme antes de que pudiera darme otro consejo.
Pero él me cogió por la manga antes de que me diera la vuelta.
—Ten cuidado por el camino —dijo con expresión preocupada—. Recuerda que todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable.
El marinero pasó a nuestro lado y recorrió la pasarela corriendo, sin importarle que las tablas rebotaran y traquetearan bajo sus pies.
Sonreí a Threpe para tranquilizarlo y seguí al marinero.
Dos hombres de rostro curtido levantaron la pasarela, y le devolví a Threpe un último saludo con la mano.
Se vocearon órdenes, los hombres se afanaron y el barco empezó a moverse. Me volví para mirar río abajo, hacia Tarbean, hacia el mar.

Se vocearon órdenes, los hombres se afanaron y el barco empezó a moverse. 
Me volví para mirar río abajo, hacia Tarbean, hacia el mar.

Felurian estiró un brazo y me acarició los labios con la yema de un dedo, «puedes reírte cuanto quieras mientras llena perdura, pero que sepas que hay una mitad más oscura.» Se separó de mí sin soltarme la mano y tiró de mí por el agua formando un perezoso espiral, «un mortal sagaz teme la noche que ni una pizca de esa dulce luz derroche.»
Se llevó mi mano hacia el pecho, girando y arrastrándome por el agua hacia ella, «un paso u otro en una noche así, tan negra, podría meterte en la mitad oscura, o en su estela, y llevarte hasta fata, aunque sea involuntariamente.» Se interrumpió y me miró con seriedad, «donde tu estancia deberá ser permanente.»
Felurian dio un paso hacia atrás en el agua, tirando de mí. «y en un terreno tan extraño e inusual, ¿cómo no va a ahogarse un ser mortal?»
Di otro paso hacia ella y no encontré nada bajo los pies. De pronto la mano de Felurian ya no estaba entrelazada con la mía, y el agua negra se cerró sobre mi cabeza. Atragantándome, ciego, empecé a agitar desesperadamente los brazos y las piernas tratando de salir a la superficie.
Tras un largo y aterrador momento, las manos de Felurian me sujetaron y me arrastraron hasta la superficie como si yo no pesara más que un gatito. Me acercó a su cara, ante sus ojos oscuros, duros y centelleantes.
Con voz nítida, dijo: «hago esto para que escuches y no te quepa duda alguna, un hombre sabio contempla con temor la noche sin luna».

Felurian dio un paso hacia atrás en el agua, tirando de mí. «y en un terreno tan extraño e inusual,
¿cómo no va a ahogarse un ser mortal?
»

Pero ¿cómo es posible?, os preguntaréis. ¿Cómo puede compararse una mujer mortal con Felurian?
Si lo pensáis en términos musicales, es más fácil entenderlo. A veces un hombre disfruta oyendo una sinfonía. Otras le apetece más una giga. Con el amor pasa lo mismo. Cierto tipo de amor resulta adecuado para los mullidos almohadones de un claro crepuscular. Otro resulta natural en el desorden de las sábanas de una cama estrecha en el último piso de una posada. Cada mujer es como un instrumento, y espera que la entiendan, la amen y la toquen con delicadeza, para por fin hacer sonar su verdadera música.
Habrá quien se ofenda con esta manera de ver las cosas, si no entiende cómo concibe la música un artista de troupe. Habrá quien piense que degrado a las mujeres. Habrá quien me considere insensible, grosero o zafio.
Pero esos no entienden el amor, ni la música, ni me entienden a mí.

Pero ¿cómo es posible?, os preguntaréis. ¿Cómo puede compararse una mujer mortal con Felurian?

«Como el enemigo no podía vencer mediante la fuerza, se movió como un gusano dentro de un fruto. El enemigo no era del Lethani. Envenenó a otros siete contra el imperio, y olvidaron el Lethani. Seis traicionaron a las ciudades que confiaban en ellos. Seis ciudades cayeron y
sus nombres se olvidaron.
»Uno recordó el Lethani, y no traicionó a una ciudad. Esa ciudad no cayó. Uno de ellos recordó el Lethani y el imperio no perdió la esperanza. Con una ciudad en pie. Pero el nombre de esa ciudad también se olvidó, y quedó enterrado en el tiempo.
»Pero se conservan siete nombres. El nombre de uno y el de los seis que lo siguieron. Siete nombres se han conservado tras el derrumbamiento del imperio, en la tierra rota y en el cielo cambiado. Siete nombres se han conservado durante el largo deambular de Ademre. Siete nombres se han conservado, los nombres de los siete traidores. Recuérdalos y conócelos por sus siete señales:
Cyphus lleva la llama azul.
Stercus es esclavo del hierro.
Ferule, frío y de ojo oscuro.
Usnea solo vive en la podredumbre.
Dalcenti, gris, no habla nunca.
La pálida Alenta trae la peste.
El último es el señor de los siete:
odiado. Perdido. Insomne. Cuerdo.
Alaxel lleva el yugo de la sombra.
 
Siete nombres se han conservado durante el largo deambular de Ademre.
Siete nombres se han conservado, los nombres de los siete traidores

—Y ¿cómo ha sido, exactamente? —preguntó Kvothe.
Cronista miró al posadero desde el otro lado de la mesa, como si le hubiera sorprendido la pregunta.
—¿Exactamente? Yo no estoy aquí para contar una historia. —Volvió a guardar el trapo en la cartera—. En pocas palabras: me enfadé y me marché de la Universidad en busca de pastos más verdes. Es lo mejor que he hecho en la vida. En un mes en el camino aprendí más de lo que había aprendido con tres años de clases.
Kvothe asintió.
—Ya lo dijo Teccam: no hay hombre valiente que nunca haya caminado cien kilómetros. Si quieres saber quién eres, camina hasta que no haya nadie que sepa tu nombre. Viajar nos pone en nuestro sitio, nos enseña más que ningún maestro, es amargo como una medicina, cruel como un espejo. Un largo tramo de camino te enseñará más sobre ti mismo que cien años de silenciosa introspección.

Ya lo dijo Teccam: no hay hombre valiente que nunca haya caminado cien kilómetros.
Si quieres saber quién eres, camina hasta que no haya nadie que sepa tu nombre. 

Extraído del libro: "El temor de un hombre sabio"

escrito por Patrick Rothfuss

viernes, 11 de abril de 2014

Selección de CITAS de Pistas y Barro (Abr'14)

“la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.
Aristóteles

Aristóteles
 “No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.
Séneca

Séneca
"...el que desea, desea lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo que él no es y aquello de que carece..."
Sócrates

Sócrates
 “...Cuando un rico no consigue el poder, lo obtiene apoyándose en la democracia. Se hace primero el protector del pueblo y se cambia después de protector en tirano... El campeón del pueblo, encontrando una multitud desesperada que está dispuesta a seguirle, esclaviza y mata y amenaza con cancelar las deudas y repartir las tierras. Cuando procede de este modo, acaba necesariamente aniquilado por sus enemigos o haciéndose un tirano y cambiando de hombre en lobo...”
Platón

Platón
“Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
sin cuerpo dejará, no sin cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo
“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar”.
José de Espronceda

José de Espronceda
“Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir”.
Jorge Manrique

Jorge Manrique
“Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida:
sin vos porque de mi no sois servida
sin mi porque con vos no estoy presente;
sin ser porque del ser estando ausente
no hay cosa del ser no me despida;
sin Dios porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente:
sin vida porque ausente de su alma
nadie vive, y si ya no estoy difunto
es en fe de esperar vuestra venida.
¡Oh bellos ojos, luz preciosa y alma,
vuelve a mirarme, volvereísme al punto
a vos, a mí, mi ser, mi Dios, mi vida!.
Bernardo de Balbuena

Bernardo de Balbuena

jueves, 20 de marzo de 2014

Cualquier hombre cabal puede escoger la forma y el lugar donde morir, pero nadie elige las cosas que recuerda

“…En la vida lo malo no es conocer sino mostrar que se conoce. Tan peligroso resulta ser poco discreto revelando que uno sabe de más como caer en la simpleza de saber menos. Siempre es bueno prevenir la música antes de que empiece el baile…”

La Cruz de Marino o de Salar
“…Si es cierto que cada cual arrastra sus fantasmas, los de Diego Alatriste y Tenorio no eran serviciales, ni amables, ni tampoco grata compaña. Pero, como le oí decir alguna vez encogiendo los hombros con aquel ademán singular, tan suyo, que parecía hecho a medias de resignación e indiferencia: cualquier hombre cabal puede escoger la forma y el lugar donde morir, pero nadie elige las cosas que recuerda…”

Misifú

Extraído del libro: “Limpieza de sangre”

Escrito por Arturo Pérez Reverte

sábado, 20 de julio de 2013

Algún día estarás cansado, viejo y necesitado de amor y tendrás que conformarte con alguna hembra desaliñada y de lengua viperina

 “Levantarse a las seis, comer a las diez,
cenar a las cinco, a la cama a las diez,
hace que el hombre viva diez veces diez.
-  Decía Barber a Rob

Barber y Rob

Barber y Rob

Se sentía culpable y afligido, pero también experimentó una sensación de alivio, porque nunca había reflexionado en el matrimonio y estaba mal preparado para afrontarlo. Pensó si su decisión había sido tomada por un auténtico compromiso con la medicina o si, meramente, había huido del matrimonio presa de un leve pánico, como habría hecho Barber. “Quizás ambas cosas, pensó; ¡pobre y estúpido soñador!, se dijo, disgustado.- algún día estarás cansado, viejo y necesitado de amor y tendrás que conformarte con alguna hembra desaliñada y de lengua viperina”.
- Reflexionaba Rob J. Cole tras haber querido continuar su camino hacia Persia para aumentar sus conocimientos médicos y no haber seguido a Mary Cullen a Malkara.

En el camino, el gran viaje de Rob, "El Médico"

Imágenes de la película, dirigida por Philipp Stölzl 


Extraído de: “El Médico”

Escrito por Noah Gordon.