PISTAS Y BARRO

El discurrir de la marcha se hace ameno cuando en el recorrido nos encontramos paisajes inolvidables. Caminos infinitos con trazados preciosos en donde el tiempo se detiene y el avance sobre ellos se convierte en la mejor de las carreras.

martes, 22 de marzo de 2016

Remover barreras para apreciar la mano de obra y los elementos que privan a la gente de la alegría en su trabajo

William Edwards Deming tomó como base importantes teorías y herramientas aplicadas al mundo de la calidad, especialmente el conocido Círculo PDCA:

Ciclo de Shewart (por el propio Deming), Círculo de Deming o Espiral de Mejora Continua


William Edwards Deming, considerado el padre de la Gestión de la Calidad moderna, desarrolló un conjunto de principios sobre los que se basan sus ideas sobre la gestión de la calidad, conocidos como los 14 Puntos de Deming:

1. Crear constancia y determinación en la mejora de productos y servicios con los objetivos de aumentar la competitividad, mantenerse en el mercado y crear puestos de trabajo.
2. Adoptar la nueva filosofía de cooperación y ponerla en práctica
3. Suprimir la dependencia de la inspección masiva, mejorar los procesos e incluir la calidad desde el principio “hacerlo bien desde la primera vez”.
4. Acabar con la práctica de comprar en función del precio más bajo.
5. Mejorar constantemente el sistema de producción, sin detenerse; lo que conlleva a la mejora de la calidad, la productividad y la reducción de costes.
6. Desarrollar la formación y capacitación desde dentro del trabajo.
7. Establecer líderes y reconocer habilidades, capacidades y aspiraciones de las personas. El objetivo de la supervisión debe ser ayudar a la gente, máquinas y dispositivos a realizar su trabajo.
8. Eliminar el miedo y construir confianza, para que entre todos se trabaje de una manera más eficiente.
9. Eliminar las barreras que separan los diferentes departamentos. Pasar de la competición a la cooperación.
10. Eliminar eslóganes, exhortaciones y metas pidiendo cero defectos o nuevos niveles de productividad. Estas exhortaciones solo crean relaciones de rivalidad.
11. Eliminar los estándares y cuotas numéricas. Trabajar la Gestión por Objetivos.
12. Remover barreras para apreciar la mano de obra y los elementos que privan a la gente de la alegría en su trabajo. Esto incluye eliminar las evaluaciones anuales o el sistema de méritos que da rangos a la gente y crean competición y conflictos.
13. Estimular programas de formación y auto mejora (superación personal).
14. Implicar a toda la organización (CIA) para llevar a cabo “la transformación”, ésta es cosa de todos.


William Edwards Deming (1900-1993)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana. Habíase suicidado.


Viendo la desenvoltura y la seguridad en que vivían aquellas gentes, comprendí que aquel estrecho parecido de los sexos era, después de todo, lo que podía esperarse; pues la fuerza de un hombre y la delicadeza de una mujer, la institución de la familia y la diferenciación de ocupaciones son simples necesidades militantes de una edad de fuerza física. Allí donde la población es equilibrada y abundante, muchos nacimientos llegan a ser un mal más que un beneficio para el Estado; allí donde la violencia es rara y la prole es segura, hay menos necesidad -realmente no existe la necesidad- de una familia eficaz, y la especialización de los sexos con referencia a las necesidades de sus hijos desaparece. Vemos algunos indicios de esto hasta en nuestro propio tiempo, y en esa edad futura era un hecho consumado. Esto, debo recordárselo a ustedes, era una conjetura que hacia yo en aquel momento. Después, iba a poder apreciar cuán lejos estaba de la realidad.
Mientras meditaba sobre estas cosas, atrajo mi atención una linda y pequeña construcción, parecida a un pozo bajo una cúpula. Pensé de modo pasajero en la singularidad de que existiese aún un pozo, y luego reanudé el hilo de mis teorías. No había grandes edificios hasta la cumbre de la colina, Y como mis facultades motrices eran evidentemente milagrosas, pronto me encontré solo por primera vez. Con una extraña sensación de libertad y de aventura avancé hacia la cumbre.

Con una extraña sensación de libertad
y de aventura avancé hacia la cumbre

Pero con semejante cambio de condición vienen las inevitables adaptaciones a dicho cambio. A menos que la ciencia biológica sea un montón de errores, ¿cuál es la causa de la inteligencia y del vigor humanos? Las penalidades y la libertad: condiciones bajo las cuales el ser activo, fuerte y apto, sobrevive, y el débil sucumbe; condiciones que recompensan la alianza leal de los hombres capaces basadas en la autocontención, la paciencia y la decisión. Y la institución de la familia y las emociones que entraña, los celos feroces, la ternura por los hijos, la abnegación de los padres, todo ello encuentra su justificación y su apoyo en los peligros inminentes que amenazan a los jóvenes. Ahora, ¿dónde están esos peligros inminentes? Se origina aquí un sentimiento que crecerá contra los celos conyugales, contra la maternidad feroz, contra toda clase de pasiones; cosas inútiles ahora, cosas que nos hacen sentirnos molestos, supervivientes salvajes y discordantes en una vida refinada y grata.

Pensé en la pequeñez física de la gente, en su falta de inteligencia, en aquellas enormes y profundas ruinas; y esto fortaleció mi creencia en una conquista perfecta de la Naturaleza. Porque después de la batalla viene la calma. La Humanidad había sido fuerte, enérgica e inteligente, y había utilizado su abundante vitalidad para modificar las condiciones bajo las cuales vivía. Y ahora llegaba la reacción de aquellas condiciones cambiadas.

Bajo las nuevas condiciones de bienestar y de seguridad perfectos, esa bulliciosa energía, que es nuestra fuerza, llegaría a ser debilidad. Hasta en nuestro tiempo ciertas inclinaciones y deseos, en otro tiempo necesarios para sobrevivir, son un constante origen de fracaso. La valentía física y el amor al combate, por ejemplo, no representan una gran ayuda -pueden incluso ser obstáculos- para el hombre civilizado. Y en un estado de equilibrio físico y de seguridad, la potencia, tanto intelectual como física, estaría fuera de lugar.

Pensé que durante incontables años no había habido peligro alguno de guerra o de violencia aislada, ningún peligro de fieras, ninguna enfermedad agotadora que haya requerido una constitución vigorosa, ni necesitado un trabajo asiduo. Para una vida tal, los que llamaríamos débiles se hallan tan bien pertrechados como los fuertes, no son realmente débiles. Mejor pertrechados en realidad, pues los fuertes estarían gastados por una energía para la cual no hay salida. Era indudable que la exquisita belleza de los edificios que yo veía era el resultado de las últimas agitaciones de la energía ahora sin fin determinado de la Humanidad, antes de haberse asentado en la perfecta armonía con las condiciones bajo las cuales vivía: el florecimiento de ese triunfo que fue el comienzo de la última gran paz. Esta ha sido siempre la suerte de la energía en seguridad; se consagra al arte y al erotismo, y luego vienen la languidez y la decadencia.

Hasta ese impulso artístico deberá desaparecer al final -había desaparecido casi en el Tiempo que yo veía -. Adornarse ellos mismos con flores, danzar, cantar al sol; esto era lo que quedaba del espíritu artístico y nada más. Aun eso desaparecería al final, dando lugar a una satisfecha inactividad. Somos afilados sin cesar sobre la muela del dolor y de la necesidad, y, según me parecía, ¡he aquí que aquella odiosa muela se rompía al fin!
Permanecí allí en las condensadas tinieblas pensando que con aquella simple explicación había yo dominado el problema del mundo, dominando el secreto entero de aquel delicioso pueblo. Tal vez los obstáculos por ellos ideados para detener el aumento de población habían tenido demasiado buen éxito, y su número, en lugar de permanecer estacionario, había más bien disminuido. Esto hubiese explicado aquellas ruinas abandonadas. Era muy sencilla mi explicación y bastante plausible, ¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas!

Esto hubiese explicado aquellas ruinas abandonadas.
Era muy sencilla mi explicación y bastante plausible,
¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas!

Alrededor de las ocho o las nueve de la mañana llegué al mismo asiento de metal amarillo desde el cual había contemplado el mundo la noche de mi llegada. Pensé en las conclusiones precipitadas que hice aquella noche, y no pude dejar de reírme amargamente de mi presunción. Allí había aún el mismo bello paisaje, el mismo abundante follaje; los mismos espléndidos palacios y magníficas ruinas, el mismo río plateado corriendo entre sus fértiles orillas. Los alegres vestidos de aquellos delicados seres se movían de aquí para allí entre los árboles. Algunos se bañaban en el sitio preciso en que había yo salvado a Weena, y esto me asestó de repente una aguda puñalada de dolor. Como manchas sobre el paisaje se elevaban las cúpulas por encima de los caminos hacia el Mundo Subterráneo. Sabía ahora lo que ocultaba toda la belleza del Mundo Superior. Sus días eran muy agradables, como lo son los días que pasa el ganado en el campo. Como el ganado, ellos ignoraban que tuviesen enemigos, y no prevenían sus necesidades. Y su fin era el mismo.

Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la Inteligencia humana. Habíase suicidado. Se había puesto con firmeza en busca de la comodidad y el bienestar de una Sociedad equilibrada con seguridad y estabilidad, como lema; había realizado sus esperanzas, para llegar a esto al Final. Alguna vez, la vida y la propiedad debieron alcanzar una casi absoluta seguridad. Al rico le habían garantizado su riqueza y su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había existido ningún problema de desempleo, ninguna cuestión social dejada sin resolver. Y esto había sido seguido de una gran calma.

Una ley natural que olvidamos es que la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y la inquietud. Un animal en perfecta armonía con su medio ambiente es un perfecto mecanismo. La naturaleza no hace nunca un llamamiento a la inteligencia, como el hábito y el instinto no sean inútiles. No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio. Sólo los animales que cuentan con inteligencia tienen que hacer frente a una enorme variedad de necesidades y de peligros.

Así pues, como podía ver, el hombre del Mundo Superior había derivado hacia su blanda belleza, y el del Mundo Subterráneo hacia la simple industria mecánica. Pero aquel perfecto estado carecía aún de una cosa para alcanzar la perfección mecánica: la estabilidad absoluta. Evidentemente, a medida que transcurría el tiempo, la subsistencia del Mundo Subterráneo, como quiera que se efectuase, se había alterado. La Madre Necesidad, que había sido rechazada durante algunos milenios, volvió otra vez y comenzó de nuevo su obra, abajo. El Mundo Subterráneo, al estar en contacto con una maquinaria que, aun siendo perfecta, necesitaba sin embargo un poco de pensamiento además del hábito, había probablemente conservado, por fuerza, bastante más iniciativa, pero menos carácter humano que el Superior. Y cuando les faltó un tipo de carne, acudieron a lo que una antigua costumbre les había prohibido hasta entonces. De esta manera vi en mi última mirada el mundo del año 802.701. Esta es tal vez la explicación más errónea que puede inventar un mortal. Esta es, sin embargo, la forma que tomó para mí la cosa y así se la ofrezco a ustedes.

Después de las fatigas, las excitaciones y los terrores de los pasados días, y pese a mi dolor, aquel asiento, la tranquila vista y el calor del sol eran muy agradables. Estaba muy cansado y soñoliento y pronto mis especulaciones se convirtieron en sopor. Comprendiéndolo así, acepté mi propia sugerencia y tendiéndome sobre el césped gocé de un sueño vivificador. Me desperté un poco antes de ponerse el sol. Me sentía ahora a salvo de ser sorprendido por los Morlocks y, desperezándome, bajé por la colina hacia la Esfinge Blanca. Llevaba mi palanca en una mano, y la otra jugaba con las cerillas en mi bolsillo.

Me sentía ahora a salvo de ser sorprendido por los Morlocks y,
desperezándome, bajé por la colina hacia la Esfinge Blanca.

Y ahora viene lo más inesperado. Al acercarme al pedestal de la esfinge, encontré las hojas de bronce abiertas. Habían resbalado hacia abajo sobre unas ranuras. Ante esto me detuve en seco vacilando en entrar.

Al acercarme al pedestal de la esfinge, encontré las hojas de bronce abiertas. 

No puede uno escoger, sino hacerse preguntas. ¿Regresará alguna vez? Puede que se haya deslizado en el pasado y caído entre los salvajes y cabelludos bebedores de sangre de la Edad de Piedra sin pulimentar; en los abismos del mar cretáceo; o entre los grotescos saurios, los inmensos animales reptadores de la época jurásica. Puede estar ahora -si me permite emplear la frase vagando sobre algún arrecife de coral Oolitico (1)-, frecuentado por los plesiosaurios, o cerca de los solitarios lagos salinos de la Edad Triásica. ¿O marchó hacia el futuro, hacia las edades próximas, en las cuales los hombres son hombres todavía, pero en las que los enigmas de nuestro tiempo están aclarados y sus problemas fastidiosos resueltos? Hacia la virilidad de la raza: pues yo, por mi parte, no puedo creer que esos días recientes de tímida experimentación de teorías incompletas y de discordias mutuas sean realmente la época culminante del hombre. Digo, por mi propia parte. El, lo sé -porque la cuestión había sido discutida entre nosotros mucho antes de ser construida la Máquina del Tiempo-, pensaba, no pensaba alegremente acerca del Progreso de la Humanidad, y veía tan sólo en el creciente acopio de civilización una necia acumulación que debía inevitablemente venirse abajo al final y destrozar a sus artífices. Si esto es así, no nos queda sino vivir como si no lo fuera. Pero, para mí, el porvenir aparece aún oscuro y vacío; es una gran ignorancia, iluminada en algunos sitios casuales por el recuerdo de su relato. Y tengo, para consuelo mío, dos extrañas flores blancas -encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles- para atestiguar que aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre.
(1).- Dícese de la roca que contiene oolitos (cuerpos formados por envolturas minerales de sustancias calcáreas o de óxido de hierro o de silicio).


Y tengo, para consuelo mío, dos extrañas flores blancas



Extraido del libro: "La Máquina del Tiempo"

Escrito por H.G. Wells

lunes, 2 de noviembre de 2015

El cuerpo del arquitecto cubrió al de la pintora, y ambos se abrazaron con tal fuerza que parecían dispuestos a fundirse en uno solo

Esta obra no es sólo un edificio de piedra y argamasa, es un homenaje a la belleza, el símbolo más sabio y más sagrado de la hermosura de la luz de Dios.

 
La Catedral de León

 
Catedral de Burgos

Esta obra no es sólo un edificio de piedra y argamasa, es un homenaje a la belleza, el símbolo más sabio y más sagrado de la hermosura de la luz de Dios.
Por eso, querido sobrino, es tan importante saber determinar la armonía en las proporciones de nuestras obras, porque a través de ellas vamos a mostrar la armonía de Dios, su número divino. Ése es el secreto de esta catedral: está construida siguiendo las proporciones del número áureo, el que Dios eligió para construir el universo. Sólo nosotros, los maestros de obra, lo conocemos, y no debemos confiarlo a nadie que no sea capaz de guardar la confianza que en cada uno de nosotros deposita nuestra hermandad.
Escucha bien: ese número es la unidad y su relación constante con dos tercios de la unidad más la unidad misma. Así ha construido Dios el mundo, y así nos ha encargado que construyamos sus templos. Somos la mano de Dios.

- Decía a Luis de Rouen a su sobrino, Enrique de Rouen

Ya sé a qué os referíais, Don Luis, pero ni siquiera esta catedral será eterna.
Las obras de los hombres están destinadas a desaparecer: obras y cuerpos, todo viene del polvo y al polvo volverá; sólo Dios permanece, y con él, su luz. El hombre puede disfrutar de la grandeza de Dios, contemplarla y admirarla, y esta catedral es el ejemplo de lo que digo. Cuando Dios lo quiera, mis huesos y mi carne apenas serán polvo que alimentará la tierra; cuando el Creador lo decida, esta estatua volverá a la piedra amorfa y mineral de donde surgió; sólo permanece el alma que Dios nos ha dado, don Luis; sólo el alma es inmortal.

Decía Don Mauricio a Luis de Rouen

- No sé; en el libro Primero de los Reyes se dice que el rey Salomón decidió por su cuenta erigir un templo en Jerusalén en honor de Dios. A diferencia de las dos arcas, cuyas medidas fueron indicadas con precisión por el Señor el templo lo edificó Salomón a su criterio. Y lo hizo empleando medidas más simples; humanas, podríamos decir. Utilizó la medida de la anchura del templo como referencia: así, para la longitud la multiplicó por tres, y en cuanto a la altura, le sumó a la anchura su mitad; sencillo es decir, humano.
- Pero el número de Dios no parece responder a las medidas de esta catedral, siempre me has dicho que iba a ser más grande y que...
- Claro. Nosotros ideamos catedrales con las proporciones del número de Dios, pero luego los hombres y sus obispos disponen, como Salomón. A pesar de que proponemos trazar las proporciones perfectas, siempre aparece un nuevo obispo que desea cambiar una capilla, modificar una portada o alterar la longitud de la nave. Cuando dirijas tu primera obra deberás tener en cuenta todo esto. Un obispo, un abad o un párroco te pedirá que traces un boceto del nuevo templo, y sobre él opinará como si fuera el mayor entendido del mundo, y te propondrá modificaciones. Y si quien lo hace es un cabildo entero, con todos sus orondos y resabiados canónigos, en ese caso las discusiones sobre cómo construir el nuevo templo pueden ser eternas.
Un buen maestro no sólo ha de saber construir un buen templo, dirigir los diferentes talleres, elegir a los mejores oficiales, seleccionar los materiales más adecuados y organizar a todos los talleres, sino también negociar salarios, discutir tiempos y pactar soluciones. Y en muchas ocasiones, el número de Dios no deja de ser una referencia casi imposible.

Conversan Luis y Enrique.

- ¿La perspectiva? ¿Qué es la perspectiva? -preguntó doña Berenguela.
- Pues la manera de reflejar en la pintura el diferente tamaño de las cosas según la distancia a la que se encuentran desde el punto de observación. Mirad aquella puerta, señora.
Teresa Rendol señaló la puerta de entrada a la capilla que estaba abierta y dejaba ver al otro lado un pasillo largo y ancho.
- ¿Y bien?
- Desde aquí vemos a las personas que están al fondo del pasillo mucho más pequeñas que las que están a nuestro lado, pero todas son de una altura similar. Pues con la perspectiva se trata de conseguir que en una superficie plana, como es una tabla o un muro, las figuras se contemplen con la misma sensación de lejanía o cercanía que el ojo logra por sí mismo.
- Vaya, ¿vos también intentáis imitar la obra de Dios, como quieren hacer esos constructores de catedrales? Ésta parece ser la obsesión de este siglo que nos ha tocado vivir: copiar a Dios.
- No, señora, no. Yo no pretendo eso, sólo deseo plasmar en mi pintura la belleza del mundo. Por eso jamás pintaré ni guerreros, ni a la muerte.
- Todo es obra de Dios.
- Dios no ha pintado este retablo -sentenció Teresa.
La reina Berenguela sonrió.
- Tened cuidado con lo que decís, muchacha; en el Languedoc o en la misma Italia algún clérigo impertinente podría acusaros de herejía por pronunciar palabras como ésas.
- Vos me habéis entendido, señora.
Doña Berenguela alargó la mano, que Teresa cogió y besó con delicadeza.
- Mi tesorero os pagará lo que queda pendiente de abonar por el retablo.

Conversación entre Doña Berenguela y Teresa Rendol.

- Hace tiempo que deseo ser tuya; creo que el momento apropiado para ello ha llegado -repuso Teresa, a la vez que se tumbaba sobre la cama.
Enrique se quitó su jubón, las calzas y las botas y quedó desnudo junto al lecho. Teresa alargó su brazo y cogió la mano de Enrique atrayéndolo hacia sí.
El cuerpo del arquitecto cubrió al de la pintora, y ambos se abrazaron con tal fuerza que parecían dispuestos a fundirse en uno solo. Después siguieron decenas de abrazos, besos y caricias. Teresa abrió sus piernas y dobló las rodillas, ofreciendo su sexo dorado y rosáceo a Enrique. El joven empujó con suavidad intentando penetrarla, pero la inexperiencia de ambos hacía difícil la culminación de su abrazo. Tras varios intentos, en los que Enrique procuró no hacer el menor daño a su amada, por fin logró penetrarla. Un escalofrío vibrante y dichoso recorrió la espina dorsal de la muchacha cuando sintió cómo el miembro terso y vigoroso de su amado rasgaba su virginidad y llenaba su vagina de un pálpito vital e incandescente.
Poco a poco la naturaleza y el instinto obraron el prodigio, y sus cuerpos se acoplaron en un movimiento acompasado y cadencioso, cuajado de susurros y jadeos, y un tremer placentero y gozoso fue creciendo como un huracán de dicha y arrobo que sorprendió a los dos amantes en forma de un vendaval de placer, delicia y fuego.
El ocaso cayó sobre la ciudad estival y violeta, y los dos jóvenes siguieron amándose en silencio; nadie molestó su duermevela. Y al final, tras la noche de amor y de dulzura, los sorprendió el amanecer plateado y fresco, abrazados como dos palmeras solitarias que hubieran aguardado durante siglos el momento más propicio para enlazar sus troncos y su savias.

Enrique y Teresa.

» Hace treinta años que obtuve en París mi diploma de maestro de obra; entonces juré tres cosas: no construir ni castillos ni prisiones, hacer el bien y procurar la felicidad de los seres humanos. Mi trabajo consiste en levantar catedrales en las que se pueda ver siquiera un reflejo de la grandeza de la Creación. En estos treinta años he podido contemplar algunas de las mejores obras que han construido los hombres, y en todas ellas, en todas, está presente la mano de alguna mujer. Una mujer nos dio la vida a todos y a una de ellas están dedicadas todas las nuevas catedrales del estilo de la luz.
» Por todo ello, no consentiré que nadie murmure, menosprecie a otro o difunda falsedades. La construcción de una catedral como ésta no sólo requiere de un plan armónico y de la geometría adecuada, sino también de que exista esa misma armonía entre cuantos trabajan en ella. Esta catedral será al fin la que represente el triunfo de la luz sobre las sombras, por eso todos cuantos trabajan aquí han de ser personas lúcidas y bondadosas.
Los argumentos de Enrique sonaron contundentes y rotundos. Tras ellos, nadie pronunció una sola palabra. Acabado el discurso, Enrique ordenó que cada uno marchara a su trabajo y que no olvidaran nunca lo que les había dicho.
- Agradezco mucho tus palabras -le dijo Teresa, una vez que se marcharon los oficiales-. Has sido muy valiente.
- Te lo debía. ¿Sabes?, antes de aceptar el encargo de venir a Burgos pasé una semana con mi madre en Chartres. Fueron unos días hermosos que de vez en cuando recuerdo con emoción. Fue la última vez que la vi. Ella me enseñó a amar las cosas sencillas, lo cotidiano. También se lo debía a ella.
- Los has dejado impresionados; creo que a partir de ahora todavía te admiran más.
- No lo he hecho para que me admiren, sino para que sepan qué pretendo.
- Debí casarme contigo; ni siquiera mis creencias cátaras debieron separarme de ti -lamentó Teresa.
- Ojalá hubieras aceptado alguna de mis reiteradas demandas.
Teresa miró fijamente los ojos de Enrique. El maestro había envejecido en los dos últimos años, pero conservaba los hombros fuertes y los brazos poderosos de quien está acostumbrado a manejar con frecuencia el martillo y el escoplo para tallar esculturas.

- Hubieras sido el mejor de los esposos -asentó Teresa.

Enrique y Teresa.


Interior y vidrieras de la Catedral de León

Interior y vidrieras de la Catedral de Burgos


Extraido del libro: El Número de Dios

Escrito por: José Luis Corral